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Jacqueline Valenzuela

El Disgusto

El Disgusto

Hoy estamos padeciendo del disgusto, ese sentimiento, como pesadumbre, desazón, enfado, por alguna contrariedad. Eso es lo que dice el diccionario sobre la palabra disgusto. Y es lo que veo en las caras de los chilenos y de muchos otros en el mundo. Es como que lo que vemos no nos gusta, no nos gusta lo que está pasando, nos sentimos insatisfechos, adoloridos, disgustados con las vidas que tenemos.

Por otra parte no sabemos qué hacer para salir de este “disgusto”, y pese a que intuyo lo que habría que hacer, es de tal radicalidad, tan revolucionario, que no puedo hacerlo sola, tampoco sabría hacerlo, y me digo que es sólo es un sueño, una fantasía.

Y es que lo que creo que tengo que hacer, tenemos que hacer, no proviene de una gran reflexión intelectual, proviene de una gran reflexión instintiva, si así me puedo referir a lo que dicen mi estómago, corazón y pulmones. Quizá por esto mismo,  es que en cierta forma desprecio la solución al disgusto, por su origen.

Es estremecedor y casi como de película de ciencia ficción, ver las escenas de miles de personas sentadas en una plaza, reuniéndose para gritar por sus dolores, puede ser en forma de protesta, o no necesariamente. La gente se autorganiza a través de las redes sociales, ya no necesitamos de líderes para clamar por una buena vida, lo llevamos en las yemas de los dedos, en el agua salada de los ojos. Y es que estamos hartos de vidas sin sentido, porque aunque tengamos “un buen pasar”, ya no es suficiente para nuestras almas, si al lado, hay miles, millones de seres humanos sufriendo y son personas como tú, como yo.

No es posible “un buen pasar”, si estás abierto a los dolores de la humanidad. Y entonces nos juntamos en la plaza, en los colegios, en las casas, a conversar, a estar juntos, reunidos para que en esa deriva de palabras, sonrisas, abrazos, gritos de protesta, emerjan, casi por magia, los bálsamos que nuestras almas necesitan para seguir caminando. Los optimistas confían que a “alguien en algún lugar” se le ocurrirá la genialidad que buscamos para solucionar el problema, ya sea sobre la energía, la pobreza, la guerra, lo que sea.

El disgusto es con nosotros mismos, porque nos vemos impotentes, incapaces de hacer algo mejor, no nos contentamos con lo que estamos haciendo. Sabemos que podemos hacer mucho, mucho más, es lo que estos tiempos nos demandan, nos exigen. Intuimos que si no damos más por el otro- que soy yo -, el próximo, sucumbiremos junto a él.

Como dice la RSE, también se aplica a las personas, no pueden haber personas exitosas, si su hermano ha fracasado, ha perecido en la sed, en el hambre. Si ésta fuera la conciencia que nos moviera, si se nos contagiara como bendito virus, podríamos construir el paraíso. ¿Por qué no lo hacemos?

 

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