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Jacqueline Valenzuela

CONVERSANDO CON DIOS

CONVERSANDO CON DIOS

Hace unos días, un amigo me dijo que alguien le había dicho, ya saben cómo son esas cosas, que uno le dice al otro, y el otro al otro y así sucesivamente, hasta que me llegó a mí la idea de conversar con Dios. Ante lo cual, mi primera reacción fue de sonrisa, y mi cabeza se fue a la reflexión, de cómo yo, humilde ser humano voy a levantar cabeza para tener tales conversaciones, eso está bien para Donald Walsch (en su libro “Conversaciones con Dios”). Pensé que mis conversaciones serían más pedestres, cómo por ejemplo que me resulta difícil conseguir trabajo, que estamos cortos de dinero, que me angustio con esto de financiar la educación de mis hijos y claro, la miseria general del planeta, el calentamiento global, la corrupción y la falta de confianza, en fin, todo aquello que para Dios, no sería interesante.

Descartada la posibilidad de conversar con Dios, por la nimiedad de los temas, asumí que aunque me envalentonara, estaba el problema de cómo conversar con Dios, aunque aquí confieso que me sentía más segura de lograrlo y no sé por qué, era como que había recibido email de Dios que estaba disponible y no lo había contestado.

En estas reflexiones andaba y me invitan a ver una película con un nombre divertido “el activista cuántico”, que resonó cómico y dije que bueno, arrastrando a mi marido. Ese día antes de llegar a la película tuve mi primera conversación con Dios y fue absolutamente inesperada.

Unas horas antes de la película, recibimos un llamado sobre problemas de nuestro hijo que se encuentra fuera del país. No nos podíamos comunicar, no sabemos francés y los franceses no saben inglés. En fin en mi desesperación, le dije que me ayudara, o sea, le dije a Dios que me ayudara, ya saben que esto ocurre cuando te angustias mucho, se te ocurre pedirle ayuda. En mi caso he sido bien omnipotente y rara vez Le pido ayuda, es que digo que no está para estas cosas mundanas, sin embargo cuando se trata de un hijo, todo vale.

En eso estaba con la cabeza apoyada en la muralla, en una súplica intensa, cuando llega mi hijo mayor y en perfecto francés se comunica con el albergue en París y le contestan que al frente, he ahí está el Danielillo que queríamos encontrar.

Dios no me dijo algo sobre mi hijo, me dijo algo para mí, y ahora que lo escribo, lo hago con profunda vergüenza, no era necesaria la angustia para contactarme con EL.

EL siempre está disponible y no tiene problemas con los idiomas. Es tan fácil conversar con EL.

Pero claro está, las preguntas me rondaban, ¿cómo me iba a pasar de nuevo esta emergencia materna y espiritual para que lograra esa inmersión profunda en mi ser para conectarme de nuevo con EL?, esa era mi pregunta cuando llegamos a ver la película.

El activista al fin, era el Dr. Amit Goswami, físico cuántico, autor del libro Física del Alma. Muchas cosas dijo, pero me dio la receta para comunicarme, ya saben, con Dios. Esto es el do,be,do,be do. O en otras palabras, estar en el hacer, estar en el SER, estar en el hacer, estar en el SER, y esto último de estar en el SER,( porque en el hacer todos los sabemos realizar bien)  es simplemente estar en un estado de conciencia de meditación, y mejor aún que sea desde la energía del corazón o el chacra del amor. Y esto es posible durante el día, cerrar los ojos y quedarse un rato en conversaciones amorosas con Dios (para que darle problemas)

Cómo ya estaba todo claro, y antes hago otro paréntesis, porque hace días que había hecho otra petición a Dios y era que me hablara claro, no quería señales, ni signos a interpretar, clarito, háblame clarito Le dije, porque ando media lesa. Y ya lo tenía clarito para tener la primera conversación “pedestre”. Y que al fin de cuentas, estas conversaciones no han sido tan pedestres como lo presagié. Ya las contaré.

 

CONVERSANDO CON DIOS. Segunda parte

Lo primero que te pasa cuando quieres conversar con EL, es comprobar que Está.  Es cómo llamar por teléfono y eres sordo, preguntas ¿ESTAS? Y del otro lado te contestan Hola, Hola, pero tú no escuchas.

Una vez que te das cuenta, que El te contesta ( le digo EL por la tradición cristiana, pueden decirle como le dicen habitualmente porque como decía, entiende todo), te viene el hormigueo de la “prueba”, o sea, pruébame que ERES. Entonces, en mi caso viene lo de la predicción, comienzas a preguntarle ¿pasará esto o aquello? Se la haces fácil para que conteste sólo sí o no. Y son predicciones cortitas para comprobar que era EL o era sólo tu cabecita loca con una imaginación salvaje. Tú sabes que te sonríe siempre, sobre todo con estas conversaciones, la de la predicción y la prueba, también se rió conmigo, parece que le agrado.

Es fácil, contesta a la primera, siempre está disponible, la sordera es por el lado nuestro. Es amable, aunque algo Zen, con palabras que no siempre se las sigo y me dejan en la reflexión de tal manera que cuando me doy cuenta, he cortado la conexión. Es que de repente se te olvida que está contigo, o la mente se vuela por otros lados, y te acuerdas que estabas conversando con EL, e intentas volver a la conversación y tienes que discar de nuevo.

Cuando llevas varias conversaciones, se vuelve aún más fácil, es como decir, ¿Estás ahí?

-Sí mujer, estoy aquí, siempre estoy. (Supongo que me dice que no sea tan escéptica)

-Ay, gracias, disculpa mi escepticismo. ¿qué hago con ello? Pregunto afligida

-                  Persevera. Así de lacónico me contesta, por eso digo lo del Zen.

-                  ¿Por qué me angustia el futuro? LE pregunto.

Sonríe primero y me contesta:

- Respira profundo, respira otra vez, y una tercera vez y  escribe esto, escucha la música del agua que corre en la pileta, saca los pinceles y pinta. Ahí está el futuro (esta parte no se la entendí, no soy pintora)

Como he decidido OBEDECERLE, limpiaré pinceles y sacaré una tela y ya les cuento que pasa con el futuro.

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