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Jacqueline Valenzuela

Reconstruyéndonos

Reconstruyéndonos

Estos son tiempos de cambios profundos, de transformaciones fundamentales para el ser humano. Es una época donde nos hemos cuestionado el sentido de la existencia, con la pregunta ¿tiene sentido esta vida?, si quizá después de la vida no hay nada, y la duda está presente.  Tampoco tenemos la orientación de la causalidad a la que nos referíamos como “esto pasó porque…” Ahora las causas y los efectos  no son relacionados directamente uno a uno, sino que están entramados y nos damos cuenta que no podemos analizar de esa forma, ya que acontecen a la vez, múltiples causas para un cierto efecto. Esto nos complejiza la reflexión y  el accionar. Nuestra forma de análisis entra en crisis cuando surge la interdependencia de nuestras acciones como una forma de observar el mundo.

Por el lado de las verdades absolutas de antaño, no quedan ni cenizas, todo depende del observador y sus cristales, para determinar su realidad y su verdad; y los anhelos de unidad han sido demolidos, quedando como leyendas utópicas las ideologías que alguna vez nos movieron.

Hemos vivido casi todo el último siglo, en el desmoronamiento de esta estructura intocable, donde no cabía cuestionamiento ni reflexión alguna, el sentido de la vida estaba claro, con una narrativa ofrecida desde las religiones, con una vida prometida después de la muerte, donde el sentido de la vida era vivirla trabajando y arreglárselas para una salvación, de una vida mucho mejor, sin sufrimientos, después de esta vida. Hoy este discurso es ampliamente cuestionado.

Soñábamos con ideales que nos harían a todos uno solo, con una aldea global, con igualdad de oportunidades y de bienestar. Actuábamos basándonos que si hacíamos A, siempre resultaba B con una confianza ciega y las verdades del hombre no se discutían.

Inevitablemente nos surge la pregunta valorativa, ¿qué era mejor? La ceguera inocente, la irreflexión, la certeza ingenua, o una nueva “verdad” que nos dice que no tenemos nada claro sobre estos cimientos sobre los que caminábamos tan confiadamente. Y parece que preferimos las certezas a las incertidumbres porque nos ha costado adaptarnos a este nuevo mundo. Digo que nos ha costado, a los de la generación que hoy ya tiene medio siglo, porque las nuevas generaciones, vienen con el aprendizaje incorporado o han diseñado nuevas prácticas de vida que se acomodan a este devenir incierto.

Nosotros planificábamos la vida con ciertos hitos como estudiar, entrar a trabajar en una institución ojalá para el resto de la vida, casarse, tener hijos, la mujer se dedica a la casa y a los hijos, luego jubilar y viajar tal vez en un crucero, todo en estricto orden. Y ya sabemos que hoy esto no se da así y emergen nuevos hitos en la vida: viajar, viajar a la India, estudiar en otros países y estudiar diferentes cosas, tal vez tener pareja, quizá casarse, quizá tener hijos, en fin, cero planificación de largo plazo, mas bien el lema es dejarse llevar por el barómetro de las voces internas de tu ser, contestar lo que el alma demande.

Los de más de cincuenta comenzamos a buscar de dónde agarrarnos en este vuelo o caída, (porque no sabemos tampoco si es arriba o abajo) al desaparecer los cimientos de las certezas. En este nuevo navegar pensamos que estamos ampliando nuestro nivel de conciencia, preparándonos poéticamente para un nuevo amanecer. Nos surge una demanda casi frenética de la espiritualidad perdida en el desconcierto de estos tiempos, sólo sabemos lo que nos dicen las entrañas y la intuición de lo que no nos logra descifrar ni la ciencia ni la religión. Y con ese sólo vislumbre, avanzamos por un nuevo camino y con un nuevo caminar.

Quedamos consternados ante la naturaleza y sus manifestaciones, y agachamos la cabeza aceptando que así sea, creyendo sinceramente que lo que viene será lo mejor para la humanidad, confiando nuevamente, esta vez y ex profeso con los ojos cerrados, en que un nuevo sentido y verdades emergerán para darnos la paz del alma que tanto anhelamos.

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